Un libro sobre un tema importante y difícil puede ser divertido: mi lectura de “El hijo del hombre” de Juan Esteban Constaín.

El hijo del Hombre (Debate, 2026) es, al mismo tiempo, un libro muy personal y un libro para todos o para muchos, muchísimos. Desde el principio el lector se encuentra con una meditación auténtica y profundamente propia del escritor, el libro que tiene en sus manos responde a una necesidad personal, afectiva, podría llamarla visceral si no envolviese muchos ejercicios intelectuales, de memoria y de erudición. Pero este no es un trabajo netamente racional, cada dato está ligado a una experiencia, se ha vuelto vida y se ha integrado en esa persona que firma el libro. Al mismo tiempo, el libro es un trabajo que todos, o muchos, quisiéramos hacer a nuestro modo, que todos con quienes compartimos referentes culturales básicos de Occidente necesitan intentar de algún modo en algún momento de sus vidas. 

Mejor dicho, así como Juan Esteban Constaín tuvo la necesidad interior de contar por sí mismo la historia del surgimiento del cristianismo en el ámbito del Helenismo, en el momento del surgimiento del Imperio Romano y a partir de judaísmo del segundo templo, al cumplir con esa necesidad (o empezar a hacerlo, porque el proyecto continúa), nos permite acompañarlo en ese viaje que nosotros también necesitamos hacer para saber mejor quienes somos y porqué estamos aquí, porque con estas referencias y gracias a esta historia podemos componer uno de los relatos que nos configuran, que explica cómo vemos el mundo y cómo este, al menos culturalmente, ha llegado a ser lo que es.

Este es un ejercicio de inteligencia y de erudición porque asume un reto muy difícil: contarnos la historia de cada uno de los caudales culturales que, como ríos, confluyen en ese gran cauce cultural, político y religioso que es el cristianismo.  Constaín nos cuenta la historia de Roma con énfasis en las transformaciones que dieron paso de la República al Imperio, la historia de Israel desde los Macabeos hasta la el reinado de Herodes Agripa II y la historia de la expansión de la cultura griega por el impulso al Helenismo desde Alejandro Magno hasta el final de las dinastías que se repartieron su imperio tras su muerte. Cada una de esas historias necesitaría un libro o una biblioteca entera para ser narrada con pelos y señales y a un mago para hacer una síntesis justa de los efectos de cada historia en la formación del Cristianismo. Estoy convencido de que Constaín ha logrado su cometido o la parte de él que se cumple en este volumen que parece ser el primero de una serie.

Este tipo de libro no está destinado a especialistas pero no puede escribirse sin conocer el panorama y la ingente bibliografía que los estudiosos han producido por siglos sobre cada parte de estas historias. No se puede presentar a los lectores con justicia si no deja ver sus cartas al tomar las decisiones de interpretación o de organización de la información disponible. Así nos va mostrando no solamente el relato sino sus posibilidades, los problemas que se crean al elegir, los que un buen narrador escoge desarrollar y los que escoge esquivar o resumir. Esta historia incluye la historia de los historiadores y las fuentes, los puntos de vista y las pretensiones de quienes creen poder dar una explicación plena de asuntos que los rebasan.

Si hay una pregunta que pueda superar una mente o a un escritor es la pregunta por la encarnación de Dios en la historia, sus antecedentes y consecuencias; para enunciarlo en términos muy generales y breves. Constaín enfrenta esa pregunta y produce el contexto del relato y el relato mismo con gran habilidad y, sobre todo, con gracia y un singular sentido del humor.

El relato dispone sobre un mismo escenario relatos que se cuentan sucesivamente pero que van construyendo el panorama que se puede contemplar en una especie de simultaneidad cuando llega el momento decisivo: Jerusalén y Judea están en un cierto nivel de autonomía con un naciente Imperio Romano que se ha apropiado profundamente de la cultura griega cuando la estrella de Belén aparece en cielo. El cruce de caminos que es la Cruz como clave de la historia se ha conformado ante el lector con plena consciencia y como una propuesta a considerar, siempre como un relato que funciona con ciertos supuestos y en virtud de cierta opciones, esas sí muy personales. Como le gusta citar al autor: “ca’ uno es ca’ uno”.

Plantear las cosas así es decisivo cuando se habla de religión y se tocan asuntos que por antiguos no dejan de estar presentes y ser susceptibles de saltar en cualquier momento al ring de la guerra cultural. Pero el mejor servicio se presta al lector precisamente cuando se le invita a revisar todo esto con gracia y con una visón amplia de las posibilidades sin faltar a los hechos ni a los documentos, cuando es posible. Porque también habrá momentos en los que vale la pena optar por la leyenda o la literatura, contrastar las habladurías, asumir que la decisión es difícil o imposible. En esos momentos hay que darse un respiro y saber que esto es muy importante pero que no hay prisa en tomar decisiones o partido en todos los puntos. 

La hipótesis sobre el surgimiento del cristianismo en este contexto sigue la idea de Nicolás Gómez Dávila que se encarna en el Escolio que sirve de epígrafe: Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo. Reconocer el lugar del paganismo en el origen y el desarrollo del Cristianismo puede ser una idea difícil de considerar para muchos, pero el lector puede llegar a comprender por qué es una idea sensata disfrutando el recorrido del pensamiento y la narración que aquí se ofrecen.

Estoy muy feliz de que este libro exista, de que permita a los que saben un poco o a los que saben un poco más unir los puntos de esta historia con un tratamiento cuidadoso y divertido de las fuentes. Me alegra como lector de los griegos, como lector de Gómez Dávila y como lector de Juan Esteban Constaín, espero con ansia la llegada del siguiente volumen. 



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