Para mi es usual encontrar a final del año en las redes personas que cuentan o que listan los libros que leyeron cada año. No me gusta decir algo así en público pero sí me gusta saberlo, especialmente ahora que tengo tiempo y no tengo presiones que me obliguen a hacer otra cosa distinta que leer y escribir sobre lo que leo. Pero lo que me ocurrió ayer me demostró que este año no fue tan tranquilo ni tan lector como yo quería. A decir verdad, durante algunos minutos de la noche anterior pensé que estaba sufriendo un episodio de pérdida de la memoria – de esos que tanto preocupan a mi madre cuando se le borran los hechos recientes, los antiguos sigue teniéndolos muy claros. Cuando intenté hacer mi lista de lo leído este año simplemente quedé en blanco, por un rato no supe qué leí en 2024.
Sentí un frío en la espalda y me vino una sensación de desnudez, de indefensión; se habían esfumado mi escudo y mi fuerza, perdí la claridad y la determinación. No sabía dónde estaba. Sentí que todo estaba lejos y nada me pertenecía. Los gatos me recordaron que estaba en casa y que todo estaba bien, podía intentar recordar.
Miré a la biblioteca, es una versión reducida porque en Panamá el papel se va dañando, cada vez que viajo a Bogotá me llevo los libros leídos, solo están los que estoy leyendo o los que tengo por leer pronto. Ahí tengo la novela que he ido leyendo muy lentamente desde que me la regalaron en mi cumpleaños: Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez, voy despacio porque cuando me adentro unas cuantas páginas siento miedo, eso lo tuve claro mientras el ojo de un ángel caído me miraba desde la cubierta: una escritura impecable y fluida, una forma de escribir argentino que nunca había leído, me gusta, pero le temo. Recuerdo que la comencé en la playa y que tomé una foto.
Esa es la clave: mis fotos, siempre tomo fotos aunque no las publique o las envíe, mis libros deben estar ahí. Revisé mis cuentas de redes, la aplicación de fotos del teléfono, encontré varias pistas. Luego vine al blog y algo me dolió: este año solamente publiqué una entrada, en enero, sobre Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero que me conmovió profundamente. ¿A qué se debió mi silencio este año en el que tanto escribí para el blog sin dar el paso a publicar?Además de la carpeta de textos para entrada el blog vi que hice muchas notas en mis cuadernos mientras la leía. El de Silva Romero fue mi primer libro del año. No exactamente, el 2023 terminó sin haber concluido Anna Karenina, que habría de concluir en los primeros días de enero, según anoté también en mi cuaderno.
Respiré más tranquilo, claro que leí este año y las cosas leídas no se han borrado de la memoria: las novelas que acabo de nombrar están todavía dentro de mí, con recuerdos y sensaciones, con juicios y observaciones. Lo que había perdido es el orden y las fechas. Normalmente esas cosas no me importan, pero ahora que no tengo una institución para marcar el tiempo, que marque el tiempo por mi, no puedo permitirme ser indiferente a las fechas. La neblina que cubría las fechas de mis lecturas del 2024 contrastaba con el registro mucho más completo que había hecho en el blog en 2023. Debe existir una relación entre mi silencio y mi olvido.
Este fue un año de miedos, debo confesar. Sí, confesar, yo que tanto me intereso por las confesiones y las autobiografías, aunque tenga pudor de hablar de mi mismo y de opinar en voz muy alta. Tal vez llegue al tema de los miedos según vaya recordando los libros porque cada uno de ellos guarda la atmósfera emocional y sensorial de la época en que fue leído, esa es la razón de que me importe recordar lo que leí este año: así recordaré también lo que viví este año que termina, como terminan todos, con una sensación de embotamiento.
Es importante enunciar aquí una de mis obsesiones del año, es uno de los Escolios de Nicolás Gómez Dávila, que resulta especialmente ácido para los académicos de profesión:
“Los libros tienen un destino aciago: o los olvidan o los estudian.”
Hay una exclusión implícita aquí: a la larga los libros no son leídos, en sentido estricto. Es decir, con la libertad de un personaje como el lector hedonista que NGD parece haber inventado para atormentar a quienes piensan que tienen que leer, que leer es un deber. Para ser cultos, para pagar alguna culpa, por alguna oscura obligación. Es un fantasma que atormenta a quienes han hecho de los libros el objeto de estudio de sus ciencias y teorías.
Los académicos, como el suscrito, provenimos de las huestes de estudiantes ingenuos que pensaron que una carrera en filosofía o ciencias sociales les daría el tiempo, el espacio y los recursos para leerlo todo. Uno demora un tiempo en disolver ese espejismo, para entonces es demasiado tarde, la carrera nos permite leer, sí, pero lo pagamos caro, sólo leemos por leer en la procrastinación culposa o en las culposa vacaciones, Dios sabe que las vacaciones del académico son para trabajar.
Sin embargo, para algunos llega el don supremo del tiempo y de la libertad y creemos que podremos leer por leer, pero no. Hay un impulso que lleva a convertir todo en un proyecto, una cosa útil o una cosa pertinente, algún tipo de deber moral o político. Incluso puede haber prescripciones estéticas, como la del El Canon Occidental que está ahí como una tarea que cumplir antes de morir. Me conozco lo suficiente para saber que no llegaré nunca a ser el lector hedonista de NGD pues aunque disfruto profundamente toda lectura difícilmente leo sin pensar en la utilidad de hacerlo.
Los profesores leemos para contarle a otros lo que hemos leído o para hacernos más capaces de enseñar, labor placentera como pocas, pero que difiere de la gratuita conversación de cafetería en la que la emoción de encontrar un digno contertulio nos hace evocar nuestras lecturas gratuitamente, instantes sagrados. Si no puedo salvarme como lector, deseo, sin embargo, salvar algún libro: encontrar una manera de leerlo, de comentarlo, incluso de escribir sobre él que no tenga otro valor que el acto mismo. Leer por leer, aunque sea alguno que otro libro. Tengo ese sueño pero no creo haberlo cumplido este año.
Este 2024 es, todavía, el Centenario de La Vorágine de José Eustasio Rivera que tuve la fortuna de no haber conocido en el colegio. El centenario ofrecía un pretexto perfecto para acometer la lectura de un clásico colombiano.
Durante el año anterior, el año de Mutis, leí la saga del Gaviero e hice algunas anotaciones y continué mi proyecto autodidacta de literatura colombiana que se caracteriza por el desorden y la arbitrariedad. Por esa autoeducación llegué a Cuatro años abordo de mí mismo (1934), que parecía mandado a hacer para mi y fue toda una batalla. Es decir, era un libro con el que debía encontrarme: a cada paso me reconocí de una forma extraña en la voz del protagonista, pero muchos de sus actos me repugnaban, sus juicios me produjeron un rechazo profundo, sus opiniones conflicto, para saber por qué tuve que escribir mucho, fue un libro que me obligó a la introspección y el autoexamen, toqué tales fibras en la lectura y la escritura que cuando terminé estuve semanas pensativo, esas notas no llegaron al blog.
Con la herida fresca de ese proceso llegué a leer La Vorágine y la herida se abrió de nuevo. Algo en la voz del hombre de las montañas que se cree mejor que los demás me repelía en las primeras páginas del relato de Arturo Cova, pero la voz se redime pronto, cuando pasa del drama del llano al encuentro con la selva que lo supera todo, ahí encontramos el sentido del libro y empezamos a aprender. El entorno ya no es meramente paisaje, el término desierto vuelve una y otra vez para desconcertarnos. ¿Por qué llamar desierto a una selva llena de seres vivos? Cada rasgo de esa obra es memorable y está lleno de sentido para cualquier lector, pero para los colombianos es una enorme lección.
Este año, tuvimos la suerte de contar con dos ediciones muy cuidadas: la de Margarita Serge y Erna Von Der Walde de la Universidad de los Andes: La Vorágine: una edición cosmográfica, obra monumental que aporta muchos elementos valiosos para la comprensión, valoración y discusión de la obra, el mundo al que pertenece y del que nos habla. Si la lectura de La Vorágine deja fríos a muchos lectores contemporáneos, especialmente jovenes, es comprensible, pero con esta edición los educadores tendrán muchos recursos para interpelar a sus estudiantes con información y con perspectivas que otros lectores en otros momentos no tuvimos. Además, la Universidad Nacional publicó la primera edición de 1924 con notas que aportan contexto. Además hubo ediciones y reediciones de obras que aportan a la comprensión y discusión del libro.
Ante tantas cosas valiosas sentí que mis notas eran ingenuas y les faltaba estudio, que la obra amerita conversar con estas nuevas fuentes. Tal vez debí ponerlas en el blog, daño no harían aunque no aportaran nada nuevo. Esa sensación la puede uno tener sobre cualquier cosa, todo está dicho, pero no debemos olvidar que los libros siguen existiendo porque tienen lectores que los leen y discuten y que hablar de ellos los hace continuar su camino hasta las manos de la siguiente generación. Si de algo estoy convencido es que la lectura y discusión de La Vorágine sólo puede hacerle bien a nuestra cultura y a nuestra democracia, por el solo hecho de darse. Este fue mi libro de enero a marzo. Lo leí y anoté febrilmente, como corresponde.
Cuando comenzó a hablarse de la inminente publicación de En agosto nos vemos de Gabriel García Márquez no tuve ninguna duda, quise leerlo. Comprendo que existan los debates sobre la decisión de publicar, sobre el lugar que puede tener esta obra en el conjunto del corpus, puedo comprender los juicios desfavorables que muchos hicieron de este libro comparándolo con los más grandes logros de su autor y con sus desaciertos también. Ninguna de esas discusiones disminuyó mi deseo de leer la obra.
Pero en mi conciencia surgió una tarea pendiente: La mala hora (1962). Me propuse leerla antes de leer la novedad tan controvertida. Es muy significativo que durante tantos años haya sido difícil para mi conseguir un ejemplar físico de la primera novela de Gabo. No debió haber habido problemas siendo el autor nacional, pero las ediciones de ese corpus magnífico tardaron en ajustarse y coordinarse, de obedecer a un plan comercial y editorial justo aquí, en Colombia, donde tenía que pasar lo que pasó con Editorial La Oveja Negra. El caso es que resolví el problema como he resuelto tantos antojos bibliófilos en los últimos años: Kindle. Así me llegó la primera novela a mi aparatico y la pude leer.
Es un libro distinto a los otros. El Gabo que uno tiene adentro escribe con otro ritmo, remata los párrafos y las ideas con esas frases que son a la vez misterio y epifanía, en La mala hora esas joyas todavía no encuentran su lugar. Gabo no ha llegado a ser el Gabo de las grandes novelas pero todo Gabo está ahí. Sus ideas políticas le ganan un poco la partida, pero las semillas del mundo que habría de mostrarnos están ahí también. Puedo decir, para mi alegría, que no escribí notas sobre este libro que fue mi lectura de la mesa de noche, para eso sirve la pantalla del aparato que permite leer sin molestar a tu pareja.
Me quedé dormido varias veces leyendo al primer García Márquez y así me preparé para leer en plena luz del día En agosto nos vemos. En abril, este libro me acompañó a la playa y lo disfruté con un coctel al lado mirando un Caribe azul y alegre. Aquí está Gabo todavía, pero está luchando por estar, sí. La historia tiene problemas, sí, pero eso no impide que aparezcan las virtudes que ya le conocemos, está el ritmo y la cadencia. El mundo de la novela se sostiene. Como lector acompañé a la protagonista en sus aventuras y en sus dudas y llegué al final con alegría. Agradecí la fortuna de poder leer esa obra y las polémicas pasaron a otro plano.
Estuve una tarde escribiendo sin parar, especulando lo que pudo haber vivido el escritor que trabajó en esas páginas, un hombre al que el mundo se le estaba yendo y al que muchas cosas le parecían incomprensibles o, por los menos, inabarcables en las mismas redes que habían resultado infalibles en otros tiempos. Su protagonista y sus circunstancias, sus creencias y sus referencias, sus gustos, sus decisiones, son como un blanco que se mueve ante un cazador que no logra ajustar la mira, resultan borrosos ocasionalmente, pero la mayoría del tiempo son nítidos. Los personajes masculinos y sus recursos, sus artimañas, su manera de presentarse, son seductores anacrónicos, no pertenecen a la misma época, pero tal vez sí comparten la soledad y cierta sordidez, no importa. García Márquez no desiste en tratar de imaginar un mundo emancipado que ha inventado otros trucos. En ese mundo tampoco los personajes están a gusto ni la protagonista termina de entenderse del todo. Por tanto, la labor del novelista se ha cumplido: ha construido un mundo consistente. ¿Cómo se ve esto junto a Cien años de soledad? ¿Qué nos dice del Gabo de los últimos años cuando ya le abandonaban sus facultades? Todo eso hay que pensarlo y discutirlo y lo haremos con amor. El año no ha terminado y ya pulula en las redes la siguiente polémica garciamarquiana que indica que a Gabo lo seguimos queriendo todos como si fuera de cada uno.
Mi amigo Alvaro Castillo me consiguió varias novelas de Tomás González y leí dos de ellas con gusto y admiración, en junio y julio, guardé la última para después, aunque la verdad es que no quise seguir leyendo a Tomás porque se metió profundamente en mi cerebro y sus imágenes y sus personajes me salían al encuentro aunque no estuviera leyendo.
La primera fue la maravillosa La luz difícil (2011), una historia imposible que se va tejiendo ante nuestros ojos, hasta que ocurre con toda su crueldad y luego pasa, como todo, entre las ironías de la vida y de la memoria, que González sabe hacernos vivir con un sentido del humor único. La segunda fue su primera novela Primero estaba el mar (1983), las novelas me llamaron en ese orden y en ese orden las leí, el escritor está entero en ambas y cada una es un triunfo a su manera.
La primera que leí (La luz difícil) es un juego de la memoria del artista que tuvo que irse a vivir fuera para serlo plenamente y lo recuerda desde la comodidad relativa de una vejez hecha más dulce por el éxito y por la plena conciencia de haber vivido un amor auténtico. Un pintor que está perdiendo la vista recuerda su reto pictórico más difícil que le llegó justo cuando la vida le puso el reto más difícil para un padre: la muerte de un hijo. Un hijo que junto a su hermano viaja a otra ciudad en busca de ayuda para lograr lo que hoy llamamos muerte asistida. González es capaz de desnudar el mundo entero de toda pretensión, de cortar los vericuetos y ponernos ante la vida desnuda, cruel y bella a la vez. Estos son algunos de los muchos logros de La luz difícil. No me explico cómo no terminé el libro llorando.
Tal vez porque el llanto había que guardarlo para Primero estaba el mar. Hice el viaje de regreso a la juventud del escritor y me encontré una historia de la desmesura, una tragedia marcada por el signo de una soberbia insoportable, una soberbia que no impide que amemos al soberbio y que nos duelan sus errores, sus extravíos, sus tonterías. Podemos hacer todo eso porque Gonzalez también logra que compartamos su sueño, su amor, su ebriedad. Esta novela la leí frente al Pacífico, en las vacaciones de mi hija, pero las peripecias de su protagonista me persiguieron por varios días y me hicieron escribir para purgar todas las emociones que se agolpaban. Ahora que escribo esto me doy cuenta de que he hecho una lectura veladamente aristotélica de la novela, no fue así en las notas, es una fortuna que haya pasado el tiempo. La primera lectura fue más presocrática, más primordial. El texto lo reclama en algunos lugares. Los misterios de los elementos y del tiempo, el problema del cosmos y el lugar del hombre en él. Esas son las lecciones que aprendemos de este joven imprudente y derrochador que va a enfrentarse contra una isla tropical maderera en un país marcado por el odio, la desigualdad y la violencia. Esta novela no tiene el beneficio de la ironía que Gonzalez despliega en las otras. Es profundamente inmanentista y, por tanto, cruel. El mundo es todo lo que hay y la vida se enciende y se apaga según el flujo y reflujo de sus fuerzas. Aunque no lo veamos nosotros, los humanos dotados de conciencia que tarde entendemos que primero estaba el mar. Así pasaron junio y julio.
En agosto me volví a rendir ante la imposibilidad de conseguir en físico al primer autor no colombiano de este recuento, no lo conseguí en Ciudad de Panamá, pero tampoco en Bogotá con todas sus maravillosas librerías: Un verdor terrible (2020) de Benjamín Labatut. Sobre esta he intentado escribir pero siempre fracaso y me parece normal. La novela relata las experiencias de varios genios de las ciencias del siglo XX, todos tienen en común llegar a diversas formas de locura antes, durante o después de sus más notables descubrimientos. Sus historias pueden estar conectadas por pequeños detalles, todas tienen que ver de alguna forma con el exterminio de la humanidad o de partes significativas de ella. En las primeras páginas encontramos un nexo entre la guerra química de la Primera Guerra Mundial y el Zyklon B que los nazis habrían de utilizar en Auschwitz. De alguna manera las ramificaciones incluyen a un anónimo personaje con el que el autor se encuentra en un poblado chileno del que cabe sospechar lo peor. Cada nombre es un gran protagonista del giro de la ciencia del siglo XX hacia el reconocimiento de los límites del conocimiento, la incertidumbre y la intervención del sujeto en el mundo que trata de representar. Esta historia es también, la historia de una razón que va perdiéndose a sí misma, caso por caso, en la mente de cada científico que atraviesa la locura para proponer otro modo de ver el mundo y la ciencia. Ese fue agosto.
Aquí se rompe algo en mis sentimientos y en la memoria, aparecen libros que interrumpo, libros sobre los que vuelvo compulsivamente y libros con los que trato de curarme de mis obsesiones, libros que me distraen y me hablan de otros mundos, libros con los que trato de continuar un camino filosófico que nunca me abandona pero que todavía no logro trazar claramente.
El libro que me obsesiona desde muy joven y que he releído varias veces desde que salí de Bogotá, en su original francés y en la traducción de Cortazar es Memorias de Adriano (1951) de Margarite Yourcenar. Esta obra significa muchas cosas para mí y ahora la leo como clave del proyecto de podcast que me he cuestionado mucho este año pero que no he abandonado. Al lado de este libro está Marguerite Yourcenar: l’invention d’une vie (1990) de Josyane Savigneau, la biografía de Marguerite Yourcenar. La vida y la obra de esta mujer me parecen apasionantes y he querido aprender de este par de obras, no solamente sobre ellas sino también sobre el deseo y la necesidad que sentimos los lectores por conocer las vidas de los autores cuyas obras amamos. Estas lecturas se ligan a otras que son bastante heterogeneas y que trato de conectar con otras tantas escrituras. Aquí solamente quiero yuxtaponerlas para saber que hacen parte de mi vida y de mi tiempo.
Para ayudarme a comprender un poco el contexto de Adriano y de la Historia Augusta y la Historia Romana de Dión Casio que nos hablan brevemente de su vida, leí un libro del famoso historiador y podcaster Tom Holland Pax: war and peace in Rome’s golden age (2023) . Este libro narra la historia de los emperadores romanos de Nerón hasta Adriano, mostrando la forma en que la paz y la guerra permiten a estas figuras construir el orden político del mundo que la historia conoce como el Imperio Romano. Para mi fue imposible no continuar mi lectura con una obra anterior del mismo autor, Dominion: how the christian revolution remade the world (2021), en esta obra confluyen no solamente preguntas por la historia de nuestra civilización sino también sobre las transformaciones espirituales que se dan hoy en día en la consideración de lo que en distintos medios se considera ser la tradición. Es una exposición de las profundas transformaciones que el cristianismo implica en el mundo antiguo y lo que implican para la civilización que se construye a partir de dichas transformaciones. Quedan dos grandes obras del mismo autor por leer: Rubicon: The last years of the roman republic (2007) y Dynasty: The Rise and Fall of the House of Caesar (2015). El estilo es sumamente agradable y la articulación de fuentes y referencias es impecable, no es fácil ser tan serio con la historia y al mismo tiempo tan amable con los lectores.
Junto a estos libros romanos hubo dos que me hicieron volver a los griegos, de los que nunca quiero estar lejos. El primero es la traducción de la Iliada al inglés que hizo Emily Wilson. [Homer, The Iliad, translated by Emily Wilson (2023)]. Ya teníamos una traducción suya de la Odisea publicada en 2017 con una introducción muy completa y con una postura sobre cada uno de los temas fundamentales sobre lo que implica dar a leer un poema griego antiguo en una lengua moderna con el objetivo de que la versión sea plenamente literaria (no sacrifique el lenguaje elaborado ni la composición, ni el ritmo) y capte la atención de una audiencia no iniciada a la que el poema pueda agradar e interesar habiéndolo comprendido.
El éxito de Homer The Odyssey translated by Emily Wilson (2017), produjo gran expectativa en el público lector y en especial en los aficionados a la literatura griega, el lanzamiento estuvo acompañado de muchos eventos que, afortunadamente, son accesibles en línea en los que la traductora reflexionó ante un público bastante crítico sobre las opciones que había tomado al traducir, su objetivo con ellas. Además, puso en otros términos la cuestión de “una traductora mujer” o “la primera mujer en traducir la Ilíada” o de la perspectiva de género en la traducción y los estudios clásicos, incluso habló del empleo de la gente formada en clásicas.
Pero lo mejor fue cómo habló de su amor por Homero desde la infancia y cómo había vivido en función de la mitología, la poesía y la literatura. A partir de esos relatos es muy fácil comprender la importancia que le concedió al objetivo de hacer, en ambos casos, traducciones en verso y cuidar tanto el ritmo como la sonoridad de las palabras. Hablaba de esto una clarísima conciencia de que la experiencia de la poesía para la audiencia de Homero era fundamentalmente oral, colectiva y ritual. Estas características son las que siempre quise explicar adecuadamente a mis alumnos, creo que si uno comprende las condiciones de la comunicación y la memoria en otras culturas puede advertir cómo las condiciones de memoria y comunicación influyen sobre su propia cultura, sobre su pensamiento y sus ideas políticas y morales. Esos libros llegaron a mi de la manera más natural.
Debo decir algo más. Homero tiene muchas virtudes sanadoras. No hay que tener una relación espiritual con sus poemas ni una visión new age de la lectura o del sonido. Homero ofrece al lector, que puede ser también escucha, una incitación a imaginar, lo seduce y lo compromete con una misión vivificar el mundo y las acciones que sus versos le proponen, poner atención en la lectura de Homero implica hacer nacer un mundo en la propia mente, llevar la epopeya dentro de uno mismo. Dicho así suena bellísimo, pero esa es la clave de la crítica de Platón a la poesía. Creo que Platón siempre deseó el mismo poder, sólo que deseaba también la capacidad para orientarlo en una dirección determinada. Ese es uno de mis temas favoritos, por eso se entiende que te ves en cuando pase una temporada en una de las dos epopeyas. Este año hubo varios momentos para la Ilíada y varios para la Odisea, en la conmovedora versión de Emily Wilson.
Esa idea de vivificar dentro de uno mismo el mundo que le proponen los griegos viene de otra lectura recurrente: Simon Critchley, Tragedy, the Greeks and us (2019), a la que volví en busca de otro tipo de virtudes curativas o sanadoras. En las obras de Critchley encuentro una filosofía curiosa, atrevida, llena de humor y escrita cuidadosamente, con atención a las fuentes de las que siempre propone lecturas sugerentes. Este libro construye un ángulo de visión sobre estas cuestiones que pone patas arriba todo lo que he creído siempre sobre los griegos, la tragedia y la filosofía. Cada capítulo muestra una posibilidad de comprender la tragedia, la comedia, a Platón, a Aristóteles, a los sofistas, distinta a la que siempre he cultivado. Lo maravilloso es que su exposición es emocionante, interesante para personas que no necesariamente se dediquen a los estudios clásicos. Este es un libro para trabajar, no para leer libremente, requiere estar en el escritorio y tomar notas a mano. Es un trabajo que debo continuar. Por ahora voy a dejar un dato que me sorprendió:
Willamowitz, la némesis de Nietzsche, decía en una conferencia en Oxford en 1908:
“La tradición solamente produce ruinas. Entre más las revisamos y examinamos de cerca, más claramente observamos lo deterioradas que se encuentran. De las ruinas no puede construirse un todo. La tradición está muerta, nuestra tarea es volver a vivificar la vida que ha dejado de ser. Sabemos que los fantasmas no pueden hablar hasta que hayan bebido sangre y que los espíritus que evocamos exigen la sangre de nuestro corazón. Se la ofrecemos con alegría.” [Critchley, 2019]
Esa cita me permite evocar, aunque sea sólo en unas líneas otro libro de trabajo, bello y conmovedor, pero también violento, al menos para alguien como y: La genealogía de la moral de Nietzsche (1887). Sólo diré que aprendí de Nietzsche la idea de La Gran Salud en La Gaya Scienza – La ciencia jovial (1882) y que en toda su obra vuelvo a encontrar las virtudes sanadoras de las que vengo hablando. Aquí la salud está en enfrentarse a unos ensayos que presentan a un Nietzsche más serio y más rudo de lo habitual, sin que haya perdido el humor y la ironía, un desafío que continuará en 2025.
Si hay alguna lectura en la que me sienta cerca de la idea del lector hedonista de NGD es con la literatura fantástica. La descubrí de adulto y me acompaña permanentemente, Tolkien especialmente. He leído y releído El Señor de los Anillos, el año pasado leí la edición de los 50 años y pude hacerme una idea de su estilo y de los temas que realmente le importan. Este año, para que la adaptación televisiva no me dicte del todo la imagen mental de la obra, inicié The Silmarilion (1977), y la experiencia, aunque lenta, ha sido maravillosa. Hay que entrar en otra lógica y en otros ritmos. En un momento decidí ayudarme con la versión de Audible que grabó Andy Serkis que me ayudó con el ritmo y la pronunciación. El libro reúne varios relatos cosmogónicos en los que el dios creador y las primeras potencias van dando orden al mundo. Todo está vivo, animado por una música fundamental, me impresiona el papel que le atribuyen a la belleza como fuerza. Poco a poco los relatos narran la irrupción de los principios del mal y las fuerzas oscuras, la aparición de las técnicas y de las pasiones. Tolkien no nos saca de la realidad, nos hace contemplar las realidades fundamentales.
También he pasado buenos ratos con Fire and Blood (2018), de GRR Martin y que sirve de inspiración para The House of The Dragon, la serie de HBO, no tengo razones para defender ni justificar mi lectura, tampoco hace falta. Hay gente que cree que una persona de mi formación o de mi edad no leería estas cosas suponiendo que tienen un escaso valor cultural, pero eso es simplemente falso, el primer valor que tienen es que impulsan a la lectura a nuevas generaciones de lectores y que, además, están bastante bien hechas. Tolkien es un gran escritor, no tengo nada que justificar ahí. Pero como no conozco muchos literatos a los que les guste GRRM tal vez una pequeña anotación se justifica. Con Martin tuve dificultades al tratar de leer A Game of Thrones (1996), no tenía entonces información suficiente para saber de sus recursos y de sus hábitos, se trata de un autor de culto y sus lectores saben cuales son sus mañas, yo solamente estaba deslumbrado por la serie de televisión y quería saber qué había detrás: la guerra de las rosas, Los reyes malditos y algunos otros datos flotaban por ahí, pero no fue suficiente, el estilo me despidió. Todo lo contrario me ocurre con Fire and Blood en la que ya puedo distinguir los tonos y el humor que abunda.
La fantasía en este año apareció cuando tuve un susto con mi salud: nunca me había hecho una biopsia y cuando mi urólogo me dijo que era lo que correspondía, pasé varios días pensando en asuntos existenciales profundos, consultando a las amigas sabias y sopesando las posibilidades de la vida, esa es la situación que hace necesario que una parte del día lo pasemos en un mundo donde hay dragones o elfos, donde los nombres no se parecen al de uno. La fantasía enseña la realidad de otra manera y también preserva el corazón. Aquí también hay virtudes sanadoras.
Noviembre me trajo un viaje a Bogotá y pasé varios días con mi amigo Gustavo que tiene una biblioteca excepcional, filosofía, ciencias, literatura, obras de muchos autores que ignoro, el rango de sus intereses es muy amplio, pero también todos los libros de muchos de mis filósofos contemporáneos favoritos. ¿Deleuze es un filósofo contemporáneo? Para mi lo es, tengo recuerdos claros de la aparición de sus obras mientras era estudiante y siendo un joven profesor hicimos, con Gustavo y los demás admiradores de su obra, un homenaje en 1995, su influencia ha estado ahí siempre para mi. Pero Deleuze está muy lejos de ser fácil, uno siempre necesita volver a sus páginas y no solamente leer sino hacer el ejercicio que le proponen, casi siempre consiste en viajar a la velocidad de la luz o en conectar referencias inauditas, al menos para mi. Mi hija Úrsula es vecina de Gustavo, mientras la acompañaba a hacer tareas tomé de un estante Mil Mesetas (1980) y me fui a uno de mis capítulos favoritos Tres novelas cortas o qué ha pasado y así me encontré con In the Cage de Henry James que seguramente había leído traducida para entender a D&G en los viejos tiempos, así que la busqué y me puse a leerla. El lector que se deja tentar por el azar tal vez sea pariente del lector hedonista de NGD. Fue un reto leer a Henry James en su lengua y tratar de perseguir los matices, armar la sintaxis, percibir el humor en los juegos de palabras, en las distintas formas de hablar de personajes de cada escaño de la jerarquía social Victoriana/Eduardiana. Fue un buen azar el que lo puso delante.
Finalmente, diciembre trajo Nineteen Eighty-Four (1949) de George Orwell al que le había sacado el cuerpo por años, ese fue otro azar afortunado. Esta es una obra que nos muestra no el futuro sino las posibilidades de la sociedad tal como se ha desplegado desde la Guerra fría hasta nuestros días. Es profundamente británica, profundamente romántica, la idea del partido y del totalitarismo de la vigilancia y el control es adecuada, uno puede ver paralelos con las configuraciones sociales y, sobre todo, de las tecnologías de la comunicación y su impacto sobre la vida. El modo en que cada aspecto de ellas influye sobre nuestros deseos y nuestras pasiones. Me alegra haberlo leído.
Voy a concluir afirmando simplemente que este ejercicio me ha servido para recordar no solamente mis lecturas sino el año mismo y sus momentos importantes.
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