Leonardo Padura visitó Ciudad de Panamá dos veces en 2025. En la primera ocasión llenó el auditorio de la Biblioteca Nacional y tuvo que dedicarle un par de horas a la fila de lectores que esperamos pacientemente por su firma. En la segunda ocasión todo estaba preparado para una multitud similar pero el evento coincidió con el partido que definía la clasificación de Panamá al mundial de fútbol, aún así, la fila de la firma de libros no fue breve, allí estábamos los lectores más fieles y, seguramente, menos futboleros, no puede decirse que seamos pocos. Estoy seguro de que la gente quiere a Padura en donde llega. Yo me había pasado el año curioseando por su obra y las últimas semanas atrapado por su más reciente novela: Morir en la arena. Tenía que cumplir con el rito y lo hice sin imaginar que nuestro contacto no se limitaría a eso.
A Padura siempre le preguntan por qué no se va o no se ha ido aún de Cuba, sus respuestas han sido elocuentes. Recuerdo que le escuché decir que en cualquier lugar al que llegase siempre sería un escritor cubano fuera de Cuba y que así le sería muy difícil escribir. Habría querido preguntarle que si estaba en una situación similar a la del Sócrates de la Apología y el Critón: no habría podido ser quien era ni hacer lo que hacía fuera de su ciudad; si sus conciudadanos que lo conocían desde siempre no habían soportado su obstinado filosofar cuestionándolos, mucho menos lo harían quienes lo consideraran un extranjero entrometido. De una forma similar, el drama y el dolor, tanto como la alegría y la vida, de la que se nutre la literatura de Padura tiene una sola fuente y esa está en la isla. A pesar de todo.
Admiro el descaro de Padura, esa capacidad de moverse dentro del lenguaje y por la literatura como si fuera no solamente su casa sino su habitación más íntima, allí donde puede hacer lo que más le gusta con quien lo desee, cuando sea. El descaro literario que celebra la vida, el deseo y la amistad, aparece en todas partes en sus novelas y no como excepción sino como la regla, como el ritmo. No hay lugar para la morronguería de mi ciudad y de mi educación(*). Es probable que la creatividad artística y el descaro vayan juntos de alguna manera en el reparto de los dones, que la expresión de uno sea un aspecto de la manifestación del otro. Cuando, además de encontrar la manera de decir lo que sea que tienes que decir logras, además, sostenerlo y publicarlo, entonces el descaro tiene que ver con la valentía, con el coraje. Padura ha expuesto en sus novelas todas las formas y las evoluciones de la censura del régimen en Cuba, evocando varias generaciones de maestros, se ha declarado su heredero demostrando su propia valentía. En Morir en la arena corre todos los riesgos, con todas las letras, dibuja el panorama de la expresión vigilada o suprimida con su historia y sus facetas. Pero la novela campea en ese terreno a sabiendas de que todo está tan desvencijado que no vendrán a callarlo ahora. Pero uno nunca sabe a ciencia cierta.
Tal vez en esa ignorancia y en esa incertidumbre crece uno de los temas más importantes del libro: el miedo. La forma en que el miedo se convierte en una razón, en un motivo para actuar o para no hacerlo, aparece en varios de los personajes centrales de la novela, en sus explicaciones del curso de su vida hasta ahora (un miedo individual) y, luego en la caracterización de una generación completa de cubanos, unos más cercanos que otros, que está cumpliendo los setenta años, la generación que comprueba a diario que no se puede vivir de la jubilación, que la vida depende de las donaciones, de los milagros, del azar o del ingenio con que cada cubano conjuga el verbo resolver (un miedo colectivo). El miedo ronda y pesa sobre las vidas de todo y de pronto nos damos cuenta de que han pasado los años y que la vida está jugada ¿tendremos el valor de hacer lo que nos de la gana, por fin, por el tiempo que no queda? Esta pregunta se la hace cada personaje a su manera.
El miedo parece haber sido la razón principal de los que se quedaron ¿Cómo se explica, entonces, la elección y las acciones de los que se han ido? Cuba, desde el triunfo de la revolución, está compuesta por la diáspora y por los que se quedaron. En cada oleada de viajeros hay muchas historias. La generación de los que se están jubilando hoy creció con el ejemplo de padres comunistas radicales seguros de que su posición en la historia los conduciría por sí sola al desarrollo y al nacimiento del hombre nuevo, mientras recibieron el apoyo soviético no hubo dudas de ello. Pero eso se acabó y cuba se quedó sola, la promesa de futuro, el orden de la historia se tornó en desencanto y, poco a poco en la evidencia de un fracaso. Esa generación vio cómo sus compañeros buscaban formas de salir, vio salir también a sus hijos, cuando el estado dejó de aplicar restricciones a la salida de nacionales. En la novela tenemos varias versiones de lo que hace la siguiente generación: una hija migra a Estados Unidos y se une a una iglesia con todas sus fuerzas, otra hija migra a España y no ve la necesidad de atarse a otro culto que el del trabajo, la primera se ha ido para no volver y sin mirar atrás, salvo por las remesas a su madre, la otra vuelve de vez en cuando, envía remesas a su padre pero no se plantea llevarlo consigo: sería perder la independencia. Un tercer joven, un personaje singular, es un babalawo, un sacerdote de la religión Yoruba, un ser sumamente espiritual y también sumamente pragmático, él es quien resulta ser el más próspero de todos, viviendo como millonario en un país comunista donde la mayoría es pobre, extremadamente pobre.
¿Un sacerdote Yoruba? Cómo es posible algo así después de todo lo que ha pasado en Cuba. Esas son la peripecias de las personas y de la historia que Padura puede entrelazar en la novela. Todo esto en el marco, por supuesto, de un crimen, trágico en sentido estricto: un crimen que destruye el mundo de todos los que se ven directamente afectados con él, un parricidio. Todos aquellos que ya fueron tocados por esa catástrofe volverán a serlo cuando, al cabo de los años, el homicida vuelva a casa tras haber cumplido todos y cada uno de los años de su condena. Volverá con un diagnóstico de cáncer y asediado por la inminencia de la muerte. Las preguntas que esta situación desata mueven toda la historia.
La historia tiene su escritor, un pusilánime que, sin embargo se hace algunas preguntas valiosas y que tiene acceso privilegiado a los hechos, es el amigo y confidente del asesino y por eso, sin embargo, no parece saber mucho más que los lectores. El escritor tiene dudas y escrúpulos sobre lo que se puede contar y lo que no y las resuelve lentamente. Así como la pareja que lleva mirándose treinta años a través de una barda contempla la posibilidad de amarse por fin, plenamente.
Estos elementos, van puntuando la meditación honda sobre “la cosa” que, por supuesto, cada día está más dura.
Ojalá puedan leer Morir en la arena de Leonardo Padura.
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