Los hábitos de los lectores son tan diversos como los modos humanos de ser, tal vez no sean infinitos, pero sí son muy variados. Hay personas que leen solamente un libro a la vez, que sólo comienzan otro cuando concluyen el que tienen entre las manos. Otros leemos varios simultáneamente. Mi trabajo me obligó a aprender a compaginar múltiples lecturas simultáneas.
Para leer varios libros a la vez, les asigno horas del día, dispositivos, lugares, músicas y silencios. Hay lecturas de estudio y de trabajo, de información y referencia, de recreación y de formación espiritual, cada una tiene su momento. He descubierto que mi alma está más fuerte si la dieta de ficción se mantiene abundante y variada. Un hábito así no parece propio de filósofos. Cada vez me parezco menos al filósofo que solía ser.
Hoy quiero registrar dos lecturas muy especiales que concluí esta semana, ambas me han dejado sentimientos muy profundos de admiración por sus autores, ambas me han llevado a lugares nuevos y me han hecho considerar partes distintas de la experiencia humana. Las dos tienen cualidades formales interesantes y agradables, se trata de escritura impecable en ambos casos.
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He mencionado antes Nuestra parte de noche (2019) de Mariana Enríquez (1973), una novela extraña que me tomó varios meses, de mediados de septiembre a inicios de febrero. Sus más de seiscientas páginas no son el motivo de que me tomara ese tiempo, libros más largos pueden perfectamente tomar mucho menos tiempo. Pero este es un libro oscuro y uno quiere dejarlo a un lado para poder lidiar con las imágenes que evoca.
La novela es el lugar perfecto para hacer que la imaginación contemple la posibilidad de la invocación mágica de una entidad poderosa, La Oscuridad, a la que una sociedad secreta le rinde culto. Este es el espacio adecuado para contemplar la vida posible de los miembros de esa sociedad y para concentrarnos en el drama del médium, de quienes lo aman, de su hijo, su esposa, su amante. Si estas fueran las únicas características del texto, muchos de mis contertulios rechazarían el libro como perteneciente a uno de esos exitosos y poco logrados subgéneros de la literatura fantástica del cambio de siglo como los romances de vampiros y cosas así. Sería una injusticia y una pérdida, no se trata de eso en absoluto. Quedé tan seducido por la prosa y por el estilo en las primeras páginas que cuando advertí esos temas ya era demasiado tarde, estaba enganchado, había admitido las premisas que el libro propone y sólo quería saber cómo iba a desarrollarlas y, sobre todo, quería que me contara la historia, toda ella.
Enriquez construye un mundo que requiere ciertas posibilidades metafísicas, médicas, psicológicas, económicas y sociales y lo hace con maestría. Habitamos la segunda mitad del siglo veinte en Argentina y Londres, desde unos años antes de la dictadura hasta el gobierno Menem, con algunas referencias a las migraciones europeas del siglo diecinueve. Al habitar ese mundo, lo recorremos sin quedarnos en Buenos Aires y, cuando es así, la acción ocurre en barrios poco frecuentes en la literatura que nos llega por acá. Los viajes por carretera atraviesan regiones desde una mirada cercana sin afectaciones, encontramos manifestaciones de la cultura popular, la lengua guaraní, formas de religiosidad poco visibles habitualmente. Esto implica señalar la historia de los privilegios sociales y económicos, el racismo, el clasismo, la corrupción, la opresión militar, el fiasco de la economía.
La novela está escrita en un argentino impecable, que para el lector extranjero tiene un encanto especial, vamos aprendiendo con el uso. Hay que consultar ciertos términos, la mayoría muy cotidianos. El siglo veinte se ve vivo en estas imágenes. Incluso las que implican una estadía en Londres, el primer Bowie y sus contemporáneos suenan de fondo, pero también los poetas, las drogas y la vida de la gente rica.
Enriquez se asoma a esta historia difícil de contar desde varios puntos de vista y con varias voces, incluso intercala una sección que es una crónica periodística, vemos fragmentos y tenemos que recomponer la historia con lo que nos deja ver, hasta armar una imagen completa, todo lo cual acentúa el placer de la lectura.
La experiencia de La Oscuridad tiene matices muy particulares. Aunque la vemos como una irrupción de lo sobrenatural, podemos asociarla con pasiones igualmente hondas, oscuras y propias. Todos tenemos nuestra parte de noche.
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La otra novela es una lectura breve, no por ello menos conmovedora. Adiós, Hemingway (2001/2005) de Leonardo Padura (1955). Por cosas de la vida, había adquirido varias obras de Padura al mismo tiempo. Quería que mi ignorancia total del escritor favorito del Tío Edwin terminara este año. Pero aún no había elegido con cual de ellos comenzar el profundo idilio literario que todos los amigos de Padura experimentan.
La decisión se tomó fácilmente. La librería El Lector de Ciudad de Panamá anunció un conversatorio en el que varios autores charlarían con Leonardo Padura a propósito de su nuevo libro Ir a La Habana (2024) y la nueva edición de su renombrada El hombre que amaba los perros (2009/2024). Tuve que elegir la más breve de las obras porque el asunto era ya. El viernes 7 de febrero, en un lugar importante de la ciudad que aún no conocía: La Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R. Así que no hubo ninguna duda: los otros libros tenían entre 400 y 600 páginas. Si alguien se quiere enamorar de Padura, Adiós, Hemingway logra el hechizo en 190 páginas.
Más de cuarenta años después de la partida del dueño de casa, un cuerpo aparece en los terrenos de Finca Vigía, hogar de Ernest Hemingway en La Habana entre 1940 y 1960. Mario Conde está retirado de la policía, pero su ex-compañero y amigo, que conoce su pasión literaria y su admiración por el escritor norteamericano, lo invita a colaborar en la investigación. Conde no podrá resistirse a este misterio.
Aunque Conde ya no es policía y todavía tiene el problema de saber cuál es su profesión o su vocación o su trabajo, un examen casi secreto de sus hábitos y de sus modos de pasar el tiempo le ayuda a decir con un poco de pudor: ahora trato de ser escritor y me gano la vida vendiendo libros viejos.
El dilema existencial de Conde tiene un paralelo en Hemingway ¿Qué le está pasando en esos últimos años en La Habana? Cuando las fuerzas del cuerpo y la mente no dan de sí lo suficiente para darle la talla al mito que construyó de sí mismo. Hemingway, según Conde, se hizo una biografía para poder tener una obra. ¿Y ahora? Al imaginarlo viejo, enfermo y débil, Conde se pregunta si aquel Ernest Hemingway que había vivido todas las guerras y matado todas las fieras era capaz de matar un hombre.
Mientras realiza su pesquisa, Conde trata de resolver su propia pelea interna con Hemingway. Un día, de niño, de la mano de su abuelo, le gritó: “Adiós, Jemingüey”. Conde había pasado de admirar apasionadamente a ese hombre grande a convertirlo en su héroe literario, pero luego algo se había roto. Antes de resolver el crimen, Conde debe aclarar su posición, definir su propia relación con Hemingway. Hay muchas preguntas, su manera de ser, sus decisiones con respecto a los amigos, a las mujeres, a los animales, pero, sobre todo, a Cuba y a los cubanos. Todas ellas tienen rostros concretos y Conde debe enfrentarlos.
Al mismo tiempo está, como está siempre en las novelas de Padura, La Habana, que son lugares, amigos, comidas, borracheras y ausencias. Conde atraviesa la ciudad con una especie de picardía triste, con una pausa especial, la prisa parece imposible incluso cuando hay prisa.
No se puede contar mucho de una novela de detectives, pero se puede invitar a leerla, se puede dar testimonio del encanto y de la perfección de la prosa, del manejo narrativo y de los detalles. No soy uno de sus lectores de siempre, soy su lector desde ahora.
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Llegó la noche del viernes 7 y la sala estaba llena, la conversación fue fluida y Padura fue encantador, compramos los libros nuevos y le pedí que me firmara el libro recién leído, me dio una gran alegría.
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