Colaboración de Sergio Roncallo Dow
No puedo menos que sonrojarme al ver la idea de filosofía que comparten dos de mis antiguos profesores de filosofía en la Universidad de Los Andes. Digo sonrojarme porque, por momentos, me parece que la inflexión verbal ‘avergonzarme’ podría resultar un poco fuerte y calar, para mal, en el ya hinchado ego de ciertos profesores de filosofía.
Como ya lo dijo Ángela Perversa, resulta poco menos que peculiar que, bajo el amparo de un elegante paraguas chapineruno, tres profesores de filosofía que llevan un buen tiempo hablando de lo mismo, pongan en tela de juicio el trabajo de una generación de filósofos que ellos mismos se han encargado de desconocer etiquetándolos, usualmente, bajo la paternal etiqueta de ex alumnos. Quizá ese paraguas chapineruno y la mirada hacia el horizonte lejano que tiene el profesor de Zubiría en la foto de la portada de la edición 66 de la Revista Arcadia, sea la mejor manera de dilucidar lo que pasa con el panorama filosófico en nuestro país y entender que la verdadera torre de marfil no es la academia sino la concepción decimonónica que se tiene, entre nosotros, de ejercicio mismo del filosofar. Y digo una torre de marfil porque, en efecto, son los mismos profesores que a mí me dieron clase en los viejos salones de la universidad los que se ufanaron de haber sido alumnos de Heidegger y Gadamer, los que se declararon únicos detentores e intérpretes del pensamiento de ciertos autores y los que nos recordaron una y otra vez que la filosofía no se podía hacer en castellano y que poco podíamos hacer los que tratábamos de entenderla; quizás, nuestro único destino, indigno para muchos de ellos, era ser profesores de colegio porque, sin pasar por Heidelberg o Berlín, era my poco a lo que podíamos esperar. No deja de resultar inquietante que, como alguna vez lo dijo el profesor Jorge Aurelio Díaz -en su texto “Una Crítica «Romántica» al Romanticismo”- la filosofía sólo sea “rentable” para quienes están ubicados en departamento de filosofía que les permita investigar; no deja de ser inquietante que las críticas provengan de allí, no deja de ser inquietante que sean ellos y no otros los que critiquen la ausencia de los filósofos en lo que suele llamarse, vulgarmente, la realidad.
La torre de marfil es, entonces, esa que construyeron los maestros que hoy le piden cuentas a una generación a la que ellos no supieron mostrarle en qué consiste el ejercicio del filosofar y la pertinencia de la filosofía en una sociedad que, hace rato, reclama ser pensada y, en efecto, está siendo pensada. No se trata de indagar acerca de qué diría Kant sobre las Farc, ni mucho menos de tener una presencia mediática continua para que la filosofía produzca realidad; hoy el país se piensa desde un tablero, un café, discusiones grupales y un billón de lugares desparramados por la red: blogs (hay algunos más, no sólo el de Jorge Giraldo), trinos, grupos de discusión. La torre de marfil está en la cabeza de quienes hoy hacen de la filosofía un ejercicio de élite y una actividad excluyente, aquellos que reivindican una y otra vez su carácter disciplinar y que consideran que todo lo demás son saberes menores. Es esa torre de marfil la que ha hecho de la filosofía un saber iniciático, la que ha hecho que aún hoy muchas personas se pregunten con estupor ¿para qué sirve la filosofía? Del mismo modo en el que se preguntan por la utilidad de un software o de un encendedor.
¿Dónde están los filósofos? En 17 departamentos de filosofía, para empezar, no sólo en el de la Universidad Nacional. Sí, pero también en otros lugares: en periódicos, en agencias de publicidad, en ONG, en facultades de Comunicación –como en mi caso-, haciendo arte, pensado el cine, haciendo cine, pensando la anorexia, el punk…… Por supuesto, allí viene la objeción del periodista de Arcadia que, de entrada, traza el límite –moderno, burgués y decimonónico- de lo que es la actividad filosófica, de lo que significa ejercer “como filósofo” y nos dice: “Existe, dicho sea de paso, el fenómeno del filósofo de formación que pertenece a la vida pública, pero que no ejerce verdaderamente como filósofo. Entre otros, se destacan Enrique Santos Calderón, Mauricio Pombo y Mavé —sí, la del tarot de Mavé”. Sin duda el ejemplo es muy cómodo: ningún profesor de filosofía aceptaría que la labor de Mavé pudiera asemejarse a algo parecido a la filosofía. El tono de mofa del periodista es obvio pues, de nuevo, se vuelve a la recurrencia de una labor filosófica encapsulada en la que, verdaderamente, es la torre de marfil.
Aquí estamos los ¿filósofos?, o al menos, los que hemos tratado de jugarnos nuestra vida y nuestro trabajo por un oficio que debe reinventarse cada vez; aquí está una generación que quizás no fue a Heidelberg o Berlín, pero que tuvo y tiene que pensar y vivir un país que a los maestros hace rato dejó de caberles en la cabeza. Esa es la torre de marfil.
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