Por Juan Fernando Mejía Mosquera
Para Gustavo Zalamea con ocasión de la exposición TranZ en el MAMBO en el mes de marzo de 2009
I.
Si la isla es de los muertos, si ellos la poseen y la pueblan ¿en calidad de qué la ocupan estos moradores? ¿Pesan en cavidades de mármol como cadáveres envueltos en sus mortajas? ¿O se pasean entre los cipreses como fantasmas? La idea de una última morada no es simple. Las tumbas no son meros contenedores de restos. No es ese el único uso que les dan los vivos. Seguramente podemos especular un poco sobre los usos que les dan los muertos. Buscamos, los mortales, lugares en los que consagrarnos al duelo, al recuerdo, a veces al lamento pero también a una especie de calmo regocijo que produce contemplar la conjunción de nuestra más grande certeza con nuestra mayor incertidumbre. Sabemos que moriremos pero ignoramos qué significa morir, si es uno mismo el que muere.
Esa conjunción de certeza e ignorancia ha sido ocasión para construir relatos, para alentar ilusiones tanto como para acabar con ellas de raíz. No es cualquier objeto de fabulación la muerte, se trata de un escenario al que le pertenecen las más variadas emociones, desde el temor hasta el anhelo. Quien poetiza sobre la muerte se arriesga al ridículo, pero suele contar también con un auditorio permisivo, sentimental o, por lo menos, debilitado. Suelen ser lágrimas las que ponen punto final a nuestras invenciones sobre la muerte. Con la misma frecuencia encontramos poetas plañideros que poetas del consuelo. De los que componen discursos de consuelo los más sensatos, los más contundentes, son los que afirman que la muerte es un final, que nada nos ocurre al morir pues ya no somos algo o alguien a quien pueda ocurrirle nada. Se convierte en cadáver lo que ahora es cuerpo y el deterioro que había comenzado con el propio nacimiento no hace más que acelerarse, volver al polvo, dicen, y agotan con prontitud su repertorio.
Los poetas que rechazan la idea del final, por su parte, pueden ser puestos en evidencia por sus temores, diremos que hablan con el deseo, de que esto no sea todo, de que haya algo después y de que eso sea bueno y bello. Desde ese anhelo esperan que tenga sentido morir pero también que lo tenga haber vivido. Pago, recompensa o castigo, una vida posterior justificaría las penas y aclararía las preguntas de esta: vida primera que no deja de sorprendernos y para la que no hemos ensayado.
Los poetas de la vida que no termina parecen locos o cobardes, pero son los más creativos, la muerte, con su eternidad y su amplitud, con su oscuridad y su silencio semeja para ellos una hoja en blanco, les invita a poblarla de presencias, pero también les da pie para imaginar desde una geografía hasta una hidráulica gracias a las cuales el drama del alma tenga un escenario. El alma, siempre el alma.
II.
¿Una hidráulica? ¿Hemos tenido tiempo para especular sobre caudales y fluidos mientras la Parca espera en la habitación de al lado? Ciertamente. Un ejemplo paradigmático de capacidad especulativa de cara a la muerte lo constituye el Fedón de Platón. Tan grande ha sido su impacto que las historias de personajes que tuvieron ese libro en sus manos a la hora de morir recorren la historia desde el imperio romano hasta el renacimiento y el romanticismo. Algunos le eligieron como compañía en el suicidio, otros como lectura de cabecera durante una agonía que se negaron a interrumpir por su propia mano: en el gusto por el Fedón convergen suicidas impíos y aspirantes a la santidad inmolados en el dolor y el sacrificio.
Este diálogo de Platón narra la última conversación de Sócrates con sus amigos. Fedón recuerda lo que ocurrió aquel día y trata de entender cómo fue posible que Sócrates abandonara el mundo sin oponer resistencia y con la convicción de dirigirse a un lugar mejor. La serenidad socrática descansa sobre la convicción de que el alma es inmortal: la mayor parte del diálogo se dedica a explicar este punto y responder algunas de las objeciones que suscita. Para sostener la inmortalidad del alma Platón elabora y explica un conjunto de nociones que conforman su imagen del pensamiento. Los mortales son un compuesto de alma y cuerpo: entre las cuales hay una diferencia sustancial, el alma y lo que se asocia a ella deben distinguirse del cuerpo y lo que se mezcla con él. Mientras el alma está emparentada con la realidad más real, el cuerpo se asocia a lo pasajero. La cultura de la mayoría recuerda a este texto como la ocasión en que se concibieron dos mundos en lugar de uno. Un texto en el que se habría señalado lo que Nietzsche llamaría la negación de la tierra. Al dualismo alma / cuerpo corresponde la distinción entre aquí y allí, entre este mundo corruptible y otro mundo perfecto. Una noción del pensar dominante durante siglos en nuestra cultura podría encontrar su germen en este texto: el alma inmortal se define ante todo como pensamiento, se halla en casa en el ámbito del ser eterno e inmutable y se opone al cuerpo y a lo corporal. Hablando de tal modo este texto contiene las claves del despliegue de la metafísica.
III.
Esta lectura tradicional privilegia la sección argumentativa del texto sobre la narrativa. En efecto, Sócrates concluye una argumentación problemática sobre la inmortalidad del alma y se embarca en la narración de un mito en que cuenta lo que les ocurre a esas almas inmortales cuando se separan del cuerpo al que estuvieron atadas temporalmente. El discurso pasa del ámbito de lo verdadero al de lo que puede ser creído por otro tipo de razones: un discurso de carácter religioso. (sin que lo que esto significa en el texto pueda definirse fácilmente).
Lo primero que sorprende al lector es que Platón nos habla no de otro mundo o del cielo sino de la verdadera tierra en la que nos encontramos pero de la que no conocemos su completa extensión. Somos a la verdadera tierra y a sus habitantes lo que los seres del fondo del mar son para nosotros: si ellos ignoran nuestra presencia, nosotros ignoramos también las de quienes habitan las regiones superiores. Viviendo en torno al mar como hormigas o ranas en torno a una charca. Platón se toma su tiempo para describir la tierra de la que solamente conocemos una porción, habitamos una cavidad creyendo que vivimos en la superficie bajo el cielo, sobre nosotros está una tierra libre de corrupción, donde las piedras resplandecen y las gentes no enferman. El conjunto es una enorme esfera cuyas cavidades interiores se conectan y entre esos lugares fluyen corrientes de agua y lodo: Todos estos elementos se mueven hacia arriba y hacia abajo como si hubiera dentro de la tierra una especie de columpio.
El mito permite imaginar los caudales y las corrientes del mundo entero como un sistema interconectado, la naturaleza y la tierra son una y la misma. El viaje de la muerte es una odisea que permitiría recorrer [o volver a recorrer] la tierra, elaborar una geografía en la que espacio y movimiento son categorías que no se independizan del bien y del mal, del premio y del castigo. La hidráulica y la moral se comprenden gracias a una complicidad inaudita. Además si las corrientes son las que conducen las almas a las moradas que les corresponden por la vida que vivieron aquí, es inevitable preguntarse ¿qué son esas almas y de qué están llenos esos ríos? ¿cómo es que Platón se tomó tantas molestias para distinguir alma y cuerpo para decir al final que una corriente arrastra el alma a su siguiente destino?
IV
Un conjunto unitario que parte y vuelve al originario abismo. Pues hacia este abismo confluyen todos los ríos y desde éste de nuevo refluyen. Al modo de una respiración en la que los fluidos abandonan ciertos lugares para colmar otros, olas y corrientes se explican, en conjunto por esta conexión. Unidad sin vacío, totalmente continua, Platón describe las cuatro principales corrientes y señala que cada una tiene una función en el rumbo de las almas de los difuntos: en sentido opuesto fluye el Aqueronte, que discurre a través de otras y desérticas regiones y, discurriendo bajo tierra, llega hasta la laguna Aquerusíade, adonde van a parar la mayoría de las almas de los difuntos, para permanecer allí durante ciertos tiempos predeterminados, las unas en estancias más largas, y las otras menos, y de allí son enviadas de nuevo a las generaciones de los seres vivos.
La descripción de las corrientes, incluye su contenido y su dirección, su intensidad y su temperatura, agua, vapor , lodo y lava conforman un paisaje en el que las palabras de los poeta más antiguos cobran un sentido nuevo. El Hades, sus ríos y lagunas se explican de un modo nuevo y el sombrío infierno de los antiguos va dando lugar a una hidráulica racional y justiciera:
Un tercer río sale de en medio de éstos, y cerca de su nacimiento desemboca en un terreno amplio que está ardiendo con fuego abundante, y forma una laguna mayor que nuestro – mar, hirviente de agua y barro. Desde allí avanza turbulento y cenagoso, y dando vueltas a la tierra llega a otros lugares y a los confines del lago Aquerusíade, sin mezclarse con el agua de éste. Y enroscándose varias veces a la tierra desemboca en la parte de más abajo del Tártaro. Éste es el río que denominan Piriflegetonte, cuyos torrentes de lava arrojan fragmentos al brotar en cualquier lugar de la tierra. Y, a su vez, de enfrente de éste surge el cuarto río, que primero va por un lugar terrible y salvaje, según se dice, y que tiene todo él un color como el del lapislázuli; es el que llaman Estigio, y Estigia llaman a la laguna que forma el río al desembocar allí.
En este punto las fuerzas dejan de aparecer como meras intensidades y comienzan a manifestarse como direcciones y las cualidades de la materia a ordenarse separase con un orden que no podemos denominar de otra manera que geología moral.
Tras haber afluido en ella y haber cobrado tremendas energías en el agua, se sumerge bajo tierra y avanza dando vueltas en un sentido opuesto al Piriflegetonte hasta penetrar en la laguna Aquerusíade por el lado contrario. Tampoco su agua se mezcla con ninguna, sino que avanza serpenteando y desemboca en el Tártaro en frente del Piriflegetonte. El nombre de este río es, según cuentan los poetas, Cocito.
Hasta que Sócrates concreta el relato con la imagen del juicio que parece más un acto cotidiano de la naturaleza y de sus ciclos que un suceso escatológico que lo resuma todo, los ciclos no se detienen y aunque no cesen de distinguir entre buenos y malos el hecho de que se repitan al infinito modifica el sentido del juicio mismo:
Siendo así la naturaleza de esos lugares, una vez que los difuntos llegan a la región adonde a cada uno le conduce su daimon, comienzan por ser juzgados los que han vivido bien y piadosamente y los que no. -Y quienes parece que han vivido moderadamente, enviados hacia el Aqueronte, suben a las embarcaciones que hay para ellos, y sobre éstas llegan a la laguna, y allá habitan purificándose y pagando las penas de sus delitos, si es que han cometido alguno, y son absueltos y reciben honores por sus buenas acciones, cada uno según su mérito.
En cambio, los que se estima que son irremediables a causa de la magnitud de sus crímenes, ya sea porque cometieron numerosos y enormes sacrilegios, o asesinatos injustos e ilegales en abundancia, y cualquier tipo de crímenes por el estilo, a ésos el destino que les corresponde los arroja al Tártaro, de donde nunca saldrán. Y los que parece que han cometido pecados grandes, pero curables, como por ejemplo atropellar brutalmente en actos de ira a su padre o su madre, y luego han vivido con remordimiento el resto de su vida, o que se han hecho homicidas en algún otro proceso semejante, éstos es necesario que sean arrojados al Tártaro, pero tras haber caído en él y haber pasado allá un año entero los expulsa el oleaje, a los criminales por el Cocito, y a los que maltrataron al padre o a la madre por el Piriflegetonte. Cuando llegan arrastrados por los ríos a la laguna Aquerusíade, entonces gritan y llaman, los unos a quienes mataron, los otros a quienes ofendieron, y en sus clamores les suplican y les ruegan que les permitan salir a la laguna y que los acepten allí y, si los persuaden, salen y cesan sus males; y si no, son arrastrados otra vez hacia el Tártaro y desde allí de nuevo por los ríos, y sus padecimientos no cesan hasta que logran convencer a quienes dañaron injustamente. Pues esa es la sentencia que les ha sido impuesta por sus jueces. En cambio, los que se estima que se distinguieron por su santo vivir, éstos son los que, liberándose de esas regiones del interior de la tierra y apartándose de ellas como de cárceles, ascienden a la superficie para llegar a la morada pura y establecerse sobre la tierra. De entre ellos, los que se han purificado suficientemente en el ejercicio de la filosofía viven completamente sin cuerpos para todo el porvenir, y van a parar a moradas aún más bellas que ésas, que no es fácil describirlas ni tampoco tenemos tiempo suficiente para ello en este momento. Así que con vistas a eso que hemos relatado, Simmias, es preciso hacerlo todo de tal modo que participemos de la virtud y la prudencia en esta vida. Pues es bella la competición y la esperanza grande.
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