Sobre «Tu sueño imperios han sido» de Alvaro Enrigue

“Tu sueño imperios han sido” de Alvaro Enrigue (Anagrama, 2022)

Me gustaría tener tal poder de persuasión que, cuando te diga:  “lee este libro y luego hablamos, por favor, léelo”, lo leas y que hablemos de él. 

Nuestra conversación estaría basada en una vivencia compartida, creo que en este caso nuestra charla estaría llena de emoción y alegría. Cada evocación breve y fragmentaria se referiría, sin mucho esfuerzo, a escenas y personajes, como si la lectura hubiese fundado una complicidad. Podríamos recordar una situación y reír, evocar otra y sentir miedo, asombro o asco. Me he imaginado a otros lectores de esta novela cerrando el libro al final con esa mirada con la que salíamos de un teatro de cine en la adolescencia, nuestra mente aún conquistada por la huella de visiones de una gran película; en un estado que aún no permite el discurso, sólo la exclamación.

Pero tal vez soy yo el que llega tres años después a “Tu sueño imperios han sido” de Alvaro Enrigue, que ya leíste, en ese caso, lo que sigue, es mi reacción. Si no es así, no importa, este libro no puede echarse a perder porque se lo comente antes de leerlo. 

El autor declara sus fuentes de información e inspiración. En cierto sentido, todo se ha dicho ya, pero volver a decirlo de este modo tiene mucho valor. En esta novela encontramos un trabajo cuidadoso con el lenguaje, con la historia y sus fuentes, con la imaginación y su capacidad para recrear los mundos que han sido y los que podrían ser. Con todo ello logra que el lector se haga parte de un mundo, otro, o varios. Es claro que lo que importa es que ocurra la lectura pues en ella se generan nuevos mundos posibles.

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Los relatos del descubrimiento y la conquista estuvieron, por siglos, fijados en una dirección y en una jerarquía. Quienes fuimos a la escuela de este lado del Atlántico aprendimos una historia pasiva, de recepción. La historia de lo que había llegado de España con la cruz y la espada cuando esta tierra estaba poblada de salvajes. Hoy nos sorprendemos de que haya sido posible decir tal cosa impunemente, pero revisar los relatos que justificaban la primacía de Europa como civilización ha costado años de trabajo. Sin embargo, en nuestros días los relatos hispanistas reviven y ganan adeptos, que insisten en recordar una supuesta deuda que no tenemos con qué pagar. No hay reclamo más eficiente de nuestra parte que contar la conquista de otras maneras.

Pocos pueblos estaban tan bien preparados como los mexicanos para contestar los relatos tradicionales y mostrar sus límites, su carácter acomodaticio: los primeros habitantes de estas tierras (o de esas, las suyas, lo que hoy llamamos México) fueron diezmados por plagas inesperadas como la viruela, no propiamente superados o vencidos por una civilización superior. 

Ya no se trata de preguntar ¿Qué encontraron los españoles al llegar? Sino cómo se veían esos advenedizos desde el punto de vista de los Colhuas y los Mexicas, los Mayas y los muchos pueblos que los vieron llegar con sus armas, plagados de gérmenes y montados a caballo: ese animal para el que habría que inventar un nuevo nombre en sus [muchas] lenguas.

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Esta novela narra el día en que Moctezuma, junto a su hermana y esposa la emperatriz Atotoxtli y sus más cercanos colaboradores/parientes reciben a la tropa castellana comandada por Hernán Cortés, “El Malinche” [así lo llamaban a él], acompañado de sus traductores. 

Malintzin, que significa “Doña Marina”, su manera de decir el nombre cristiano que le dieron al convertirse: María del Mar, ella traduce del maya al nahua y sabe mucho más de lo que dice. 

Aguilar, un fraile que llevaba tiempo viviendo con los mayas, de quienes aprendió los elementos de una forma de vida distinta que, sin embargo, lleva tatuada en todo su cuerpo. Lo que no impide que siga siendo un sacerdote católico. Él traduce del maya al castellano. 

Las lenguas y las formas de verterlas unas a otras, de mediar y de explicar son una fuerza importante en todo el relato. También los nombres de las cosas y de las personas. Es notable la habilidad de Enrigue para integrar su sonoridad en una novela que, de todos modos, está escrita en castellano. Un castellano deliciosamente mexicano.

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A las escenas desde el punto de vista de los anfitriones siguen las escenas desde el punto de vista de los forasteros que oscilan entre la condición de huéspedes y la de invasores, pasando por la de prisioneros. 

Enrigue escoge la escena de la comida para mostrar las diferencias que se encuentran, chocan y logran, con dificultad, traducirse y hacerse entender. El lector va comprendiendo. La sofisticación de las costumbres colhuas y la complejidad de la situación política. La narración de una situación ritual, llena de formas, va ofreciendo el contexto de intrigas políticas y luchas por el poder que se prolongan siglos. Las maneras, los vestidos, el calzado, las joyas o la pintura corporal, detalles que merecen toda nuestra atención van revelando un mundo. De repente, toda la historia de varios pueblos aparece en un gesto o en un tocado.

No se trata de lo que ocurre sino de lo que nos traído hasta aquí. De los mundos que se van a transformar definitivamente a partir de este evento. Los sueños de lo que ha sido, los sueños de lo que será o de lo que puede ser.

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Enrigue disfruta el tránsito entre las lenguas, es evidente, disfruta los cambios que sufren los propios nombres de las cosas que manifiestan el encuentro de los mundos y el tráfico de las ideas entre las mentalidades. Contar las dignidades y los cargos de poder en los términos de los mexicas y los colhuas permite desplegar ese mundo con un enorme poderío, las dignidades y el equilibrio precario de alianzas entre pueblos que son enemigos centenarios, obliga a llenar de historia el la ciudad y el territorio en que se inscribe. El mundo nuevo aparece milenario y Tenoxtitlan se ubica en el continente todo, abre su mirada hasta la costa y más allá. El tránsito entre las lenguas abre los mundos gracias a una mirada atenta a los objetos y a los personajes. Imperios han sido.

Llama mucho la atención el desarrollo de los personajes femeninos logra construir un punto de vista inusitado, desde un lugar en el mundo cuya visibilidad suele limitarse a ciertos roles y su agencia se agota en la subordinación. La emperatriz Atotoxtli, esposa y hermana de Moctezuma es una estratega brillante. Malinzin, la traductora de Cortés expone una visión amplia de la situación política. Incluso la primita Xochitl, sirvienta del emperador le responde lúcidamente a su condena a muerte.

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La novela recorre partes de la ciudad, Mehxicoh- Tenoxtitlan, comprende su arquitectura, expone su idea a sabiendas de que los visitantes no podrán comprenderla, aunque la admiren. La ciudad y sus costumbres hechas edificio y habitación cuenta su historia en los recorridos. El agua y sus usos, su presencia permanente, su carácter de divinidad, el relato nos lleva a imaginar lo que significa que esta ciudad flota en un lago. El esplendor de la explanada de los templos, los juegos con la luz y con la noche que, según Enrigue, en Ciudad de México no cae, se derrama.

La novela se dispone de tal modo que la narración sirve para articular una imagen de la división y la organización de la sociedad, sus actividades, el trabajo, los productos, las islas dedicadas a cada uno de estos aspectos.

La aparición de la cocina de Tenoxtitlan, los platos que se ofrecen, los ingredientes que se utilizan y las variedades de los mismos desafían la imaginación. Pensamos en lo que era el chocolate para los Tenochcas, los poderes que poseían diversas especies de tomates, la maravilla del maíz, el sazón que ofrecen, desde entonces, los chapulines. Los Tenochcas parecen haber tenido una experiencia de los placeres acentuada por elementos psicodélicos, en la vida cotidiana y en los acontecimientos religiosos, Enrigue juega con esos elementos y los saberes que suponen. El arte del baño, del vestido y del calzado, un mundo sofisticado y rico en matices, en un marco cruel e implacable. A veces creo que llamarlo civilización o incluso civilizaciones es decir poco.

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Los Tenochcas contrastan con los españoles cuyo mundo es un recuerdo, sus lecturas, sus ritos, sus santos portátiles y sus misas. Los españoles traen los caballos, eso los justifica a los ojos de Moctesuma. Los españoles apestan y se regodean en ello. Los anfitriones les ofrecen albercas llenas de flores que, aunque se demoran, finalmente utilizan. Los sacerdotes locales también apestan, llevan encima la sangre de años de sacrificios. El choque de los olores es violento aunque que de en una atmósfera ritual controlada, ya llegarán otras violencias, el relato no nos deja olvidar su inminencia, aunque la mantenga entre los límites del sueño.

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No se si ha sido deliberado o inconsciente, he dejado hasta  el final la conversación de entre Moctezuma y Cortés. Tal vez no deba hablar mucho de ellos. Tan solo señalar que ambos tienen una escala humana en el relato, con sus ruindades y sus vicios, sus contradicciones e incluso, alguna virtud. Hay algo en la figura de Moctezuma que nos hace verlo como al último emperador aunque, su grandeza está enmarcada de fragilidad; podría ser un personaje cómico si lo que está en juego no fuese tan valioso. Cortés no goza de ninguna simpatía, su educación religiosa puede estar ligada a su constancia infatigable, una lealtad radical a su proyecto que puede convertirse también en traición.

Qué bueno que esta historia se haya contado de esta forma y que nos invite a contar las demás en un rango tan amplio de posibilidades como las que ofrece el sueño.



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