Ha sido muy grato, en estos primeros días del año, que la vida cotidiana, al retomar su ritmo, le haya dado espacios y tiempos a la conversación sobre García Márquez. El pretexto de reaccionar a la serie de Netflix ha sido una ocasión perfecta para que la gente comparta todo tipo de sentimientos que la conectan con el autor y con sus libros, Cien años de soledad ha sido la entrada a un jardín con muchos senderos donde todos los lectores pueden encontrarse gracias a pequeños y grandes detalles, gracias a recuerdos y anécdotas. Algunos exponen ideas maduradas con tiempo, estudio y reflexión, otros con reacciones viscerales e inmediatas, unos desde el gusto, otros desde la ponderación. Desde la teoría literaria hasta la política, García Márquez puede hacernos hablar de todo.
De todo lo que he leído y escuchado me han conmovido especialmente un post de Andrés Villaveces en su blog y un episodio de Terrenal el magnífico podcast de Andrés Mejía y Andrés Caro. Es genial que puedan estar en desacuerdo sobre la serie, por ejemplo, pero que coincidan en su apreciación de la magnitud de la obra de García Márquez y la importancia que tiene para todos nosotros, que coincidan también en los ejercicios de memoria sobre su encuentro con la obra. Mi ejercicio de hoy es un agradecimiento a ellos y un intento de responder algunas preguntas e inquietudes que me dejaron los tres Andreses.
Como lector de García Márquez uno puede sentirse especial y único pues su experiencia de la obra durante la lectura es personal e intransferible. También puede sentirse parte de una cofradía que traspasa las fronteras geográficas, culturales y lingüísticas. Ser lector de García Márquez implica el reconocimiento de la grandeza que nos conecta con realidades profundas de la condición humana desde un ángulo particular. Saber que uno comparte eso con millones de personas produce una especie de reconciliación con la humanidad. Todos podemos estar de acuerdo en que: con la obra de García Márquez ocurrió algo grande en el mundo, como pasó con Cervantes, con Tolstoy y con Homero.
Pertenecer a esta comunidad tiene un significado muy hondo para los colombianos que durante tantos años estuvimos deseando que algo o alguien que pudiéramos llamar tranquilamente nuestro nos diera el tipo de alegrías que García Márquez nos ha dado desde su primera publicación. Poder llamar nuestra esta obra y reconocernos en ella, saber que su valor lo reconoce todo el mundo, produce un orgullo enorme en un pueblo que lo necesita continuamente. Estar conectados con la obra y todo lo que nace de ella parece saludable para todos nosotros.Esto último parece haberse fortalecido con la producción de la serie de Netflix. Una modalidad de este reconocimiento es el relato de nuestros encuentros con los libros de García Márquez.
Me gusta escuchar las historias de cómo nos encontramos con los libros. A veces sabemos que es un acontecimiento importante, pero casi siempre nos toma tiempo comprender su significado. Buscar en la memoria nuestro encuentro con García Márquez y contarlo merece toda la pena.
Mi abuelo era liberal y eso implicaba en su tiempo estar suscrito a El Espectador, mi abuela mantuvo su suscripción muchos años después de su muerte. Mientras viví con ella nos turnábamos el periódico, yo lo leía en la mañana y ella en la tarde, teníamos una colección enorme del Magazín Dominical en su mejor época. Pero la historia había comenzado muchos años antes, con mi abuelo. Sus cosas estaban en un baúl maravilloso en el que me gustaba curiosear, cada vez encontraba cosas distintas, con los años la atención cambia y se posa en otros objetos. Una de las primeras cosas que saqué del baúl de mi abuelo fue una sección de El Espectador con una de las entregas del Relato de un náufrago (1955). Tenía un dibujo muy dramático del encuentro con los tiburones, eso me hizo leerlo de inmediato, tenía diez u once años, acabábamos de llegar a instalarnos en Bogotá con mi madre y mis hermanos (1980).
Lo que leí me pareció increíble, después me enteré de que el autor era ese Gabriel García Márquez del que tanto hablaba todo el mundo. Quise conocer el resto de la historia y leer el libro completo. Este señor tenía, además, la virtud, me parecía entonces, de escribir libros cortos.
Al año siguiente se publicó Crónica de una muerte anunciada (1981) y todo el mundo tenía una copia, los profesores estaban contentos porque con un libro así no había que pedirle a los estudiantes que leyeran, leían, leíamos.
Lo mejor era cómo sonaban las palabras, las paradojas que habitaban campantes en las frases “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana …”. Todo estaba bien dicho y dicho distinto a como hablábamos o a como pensábamos pero resonaba, se sentía propio y extraordinario a la vez.
En la clase de literatura todos quisimos leer el famoso El coronel no tiene quien le escriba (1961) porque terminaba con la palabra “Mierda”. No me pude recuperar de ese relato, de su ritmo, de la mezcla de miseria, rabia, resignación y dignidad que emanaba de él. Desde entonces supe que los peores días de frío bogotano se pueden sobrellevar con la prosa de esas obras que inmediatamente hacen que uno sienta un calor que pasa de la imaginación a la piel.
Cuando le dieron el Nobel de literatura en 1982 todos nos alegramos. La dimensión de la fiesta y de la alegría no se comparan con nada. Le quedaban muchas alegrías por entregar.
De mis trece años en adelante, es decir, desde el Nobel, la presencia de García Márquez era permanente en el espacio público y en los medios. Eso seguía su lógica propia, mientras tanto, yo descubría la biblioteca de mi madre en la que estaban casi todos sus libros hasta entonces.
Ahora recuerdo que mientras que Cien años de soledad en la edición de Suramericana estaba prácticamente descuadernado, El otoño del patriarca (1975) estaba entero. El primero lo había leído todo el mundo, de cabo a rabo, lo habían prestado y devuelto, traído y llevado, tenía dentro una página con el árbol genealógico dibujada por mi madre y el lomo remachado con cinta pegante una y otra vez; parecía que se iba a desbaratar y yo no quería que me echaran la culpa así que apenas si lo tocaba. Tal vez ese miedo sea una de las razones por las que tardé en leer Cien años, pero lo hice en el ejemplar de mi tía que estaba un poco mejor.
En cambio, con la edición de pasta dura de Plaza & Janés de El otoño del patriarca se podía jugar porque era fuerte, recuerdo haber pasado horas mirando la foto de la contratapa e imaginando lo que hacía y sentía ese hombre descalzo que apoyaba la cabeza sobre su mano mientras miraba la máquina de escribir.
Por estos días he pensado en las formas en que se nos aparecen los héroes, los seres que admiramos profundamente, los que producen una primera imagen de lo que quisiéramos ser alguna vez, tal vez no una idea clara, una mera intuición.
Era la época en que aprendíamos en el colegio a escribir a máquina sin mirar al teclado, creo que todos sufrimos pero agradecimos esos ejercicios. A mi me parecían magia, muchos de los que habría de considerar mis héroes aparecían en periódicos y revistas frente a una máquina de escribir y en sus gestos uno intuía que estaban creando algo importante. Supe que quería hacer eso. Ahora que me he pasado la vida agarrándome la cabeza, sentado frente a un aparato en el que corrijo algún texto, puedo decir que el deseo se me cumplió. Tanto mejor ahora que puedo hacerlo descalzo y junto al mar. En un país en el que tanta gente admiraba a un escritor el término cobra un valor, aún los niños que ignorábamos lo que un escritor hacía suponíamos que era algo bueno, algo importante. ¿Qué hacía este hombre descalzo frente aquella máquina? Ojalá pudiera recordar lo que yo imaginaba entonces, sólo recuerdo que imaginaba con ese libro fuerte en las manos.
Antes de llegar a las novelas grandes estuvo La hojarasca (1955) en una edición verde con la foto de la cara de un niño en la carátula, recuerdo haberme demorado mucho en cada página. En ese libro el tiempo pasa muy despacio, de él recuerdo hoy una sensación de lentitud. Crecí rodeado de adultos que nos dejaban jugar mientras todos ellos ponían cara de profundo interés frente a un libro. Aún antes de saber leer, sabía que aquello tenía que ser maravilloso para que mi madre, mi padre, mi abuela pasaran tanto tiempo poniendo esa cara. Las primeras obras breves de García Márquez me enseñaron que así era.
El siguiente recuerdo importante está ligado al ruido y al júbilo generalizado, la ciudad se llenó de mariposas amarillas cuando se publicó El amor en los tiempos del cólera (1985) yo tenía dieciséis años y esa lectura era un regalo perfecto. El libro estaba en todas partes y la conmoción era general. Eran tiempos muy difíciles en el país y todos agradecíamos cada alegría profundamente.
Con ese recuerdo viene el de la respuesta de García Márquez a la pregunta ¿por qué escribe? Que había dado muchos años antes pero que se hacía verdad con cada nueva publicación “Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieren mucho me quieran más”. El amor flotaba por ahí y García Márquez le había dado las palabras necesarias.
El recuerdo de El general en su laberinto (1989) no es de alegría unánime, ya tenía yo veinte años y estaba en la mitad de la carrera, el país atravesaba una época de violencia cruel, las bombas y el miedo eran pan de cada día. El libro es profundamente melancólico. Un hombre que tiene que irse de un país que ayudó a crear y que lo proclamó Padre de la Patria, donde parece que ya casi no le quedan amigos. Enfermo y pobre bajo el aguacero eterno de Bogotá comienza su camino hacia la muerte.
Recuerdo que, tal vez al año siguiente, una amiga de mi abuela nos invitó a su casa para el almuerzo de Jueves Santo, una de esas costumbres marcadas por la tristeza para los que crecimos en el siglo pasado.
Para mi, cualquier plan con mi abuela era una alegría. Inesita, la amiga de mi abuela, recibía por entonces la visita de su hijo que trabajaba en Alemania, y era un señor muy simpático, por arte de magia la conversación se centró en El general en su laberinto y este hombre lo había leído con mucho cuidado. Según él, la novela está escrita desde el punto de vista de su ayuda de cámara, no es un monólogo interior de Bolivar, tenía razón; me fue mostrando cómo la mirada del lector se detiene respetuosamente ante la soledad del enfermo que, sin embargo, no tiene otra alternativa que mostrarse en su postración, sin dejar de ser un misterio. El señor resultó ser Carlos Rincón (1937-2018), nunca lo volví a ver. Sólo después de haber hablado tranquilamente con él me enteré de quién era, conseguí sus libros y agradecí no haberlo sabido antes porque me habría asustado su autoridad.
Tengo varios recuerdos ligados a Del amor y otros demonios (1994), pero el mejor es reciente, de cuando se lo pusieron a leer en el colegio a mi hija Úrsula, que no se llama así por su célebre tocaya Iguarán. Fue ya hace algunos años y recuerdo que me sorprendió que ese fuera el libro escogido, pensaba que llegaría a García Márquez más grande. Pero ya estaba grande, todos los signos de la adolescencia habían aparecido, los signos de la inteligencia, de la capacidad de imaginar y comprender vidas ajenas. Cuando me explicó por qué le gustaba el libro “a pesar de ser tan raro” me quedó claro lo grande que se había hecho mi hija. Esa conversación me llevó a otra relectura para comprobar cuánta razón tenía Úrsula. A veces uno olvida lo asombrosa que es la mera existencia de la literatura. Haber pasado mucho tiempo entre libros y teorías, escuchando críticos y estudiosos, conversando en medio de quienes lo han leído todo, hace rara la experiencia del asombro. La opinión de Úrsula sobre el libro, su asombro y sus motivos me devolvieron el mio sobre esta obra.
Mirando las fechas veo que en el mismo lapso aparecieron también La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile (1986), Doce cuentos peregrinos (1992) Noticia de un secuestro (1996). Estoy seguro de que con un poco de concentración podría recordar mis encuentros con los dos primeros. Recuerdo que el segundo no lo compré pero ya no se por qué, eso es bueno pues me queda aún por leer.
García Márquez acompañó a crecer y volverse adultos a varias generaciones. La marca que dejó en la mía, esta generación rara que desaparece en medio de la batalla de los milenials contra los boomers, fue una marca profunda e indeleble, que inspira gratitud, sobre todas las cosas.
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