Que sea un motivo: una relectura de «Cien años de soledad.».

Una relación de amorosa en la época del streaming se beneficia de la conversación sobre la fidelidad serial. Así llamamos en esta casa a la decisión de que veremos series juntos y qué series veremos juntos. En un hogar con gustos diversos resulta útil hacer pactos sobre qué se comparte y qué no, qué esperamos para ver juntos y comentar. Entre los beneficios de esa práctica está el evitar que uno de los miembros de la relación en un descuido cometa un fatal spoiler de algo que el otro no ha visto. Además, en un mundo lleno de dispositivos con todas las posibilidades de streaming a la mano hay un valor en reservar un contenido para compartirlo con el ser amado en esos ratos de Netflix and chill tan importantes en la vida amorosa contemporánea. Tiempo de calidad. 

Hablando de Netflix. Al discutir en pareja si veríamos la adaptación de Cien años de soledad en esta plataforma estuvimos inmediatamente de acuerdo en que la veríamos, sin embargo, yo hice una petición que fue acogida con la característica generosidad de mi pareja: “dame unos días para leer el libro una vez más antes de que los personajes se queden con el rostro de los actores”, dije. Así que me di el gusto de dedicarle a esa gran novela los días de la pausa de año nuevo. Aún no hemos visto la serie y no se si al verla tenga ganas de escribir sobre mis impresiones, eso es harina de otro costal, pero sí quiero anotar algunas impresiones de los últimos días.

Además, este es un buen tema para comenzar a cumplir uno de mis deseos para 2025: no tenerle tanto miedo a escribir y publicar lo que pienso sobre las cosas que leo.

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Como lo dije en el post anterior, el año pasado leí La mala hora, la primera novela de Gabo que no he tenido en mis manos nunca en físico, también leí En agosto nos vemos, y eso ha revivido el tono y el estilo de Gabo en mi corazón, también sus temas y la forma en que evoluciona su tratamiento. La lectura de Cien años simplemente continuó enriqueciendo esa sensación de recorrer un mundo que he tenido por familiar desde la adolescencia y que se muestra inagotable pues con el paso de los años, un lugar común de los mejores, la lectura nos muestra cosas nuevas de los libros y, sobre todo, de nosotros mismos. Esto ha sido muy importante en esta relectura. Me doy cuenta de que ahora veo otras cosas y eso hace que la relectura sea todavía más placentera.

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El tiempo es un tema en Cien años desde el título, hay que fijarse en eso y observar las formas que logra darle la novela al tiempo mismo. La memoria es la primera y básica herramienta para percibir el tiempo y, aún más, para jugar con él. Una de las claves, está en la fórmula “muchos años después X habría de recordar Y”, esas palabras le dan a cada pasaje un talante profético y misterioso. Hay un misterio mayor que la lectura revela aunque estrictamente habría que decir: la lectura nos cuenta cómo un secreto mayor se le revela a uno de los protagonistas: la historia de su estirpe, que lo contiene, está escrita. La vida es individual, cada vez propia, en cierto sentido intransferible y, por tanto, una experiencia de soledad.  

Del tiempo nos hablan las observaciones sobre la edad de los personajes, la sucesión de las generaciones y la repetición de los nombres, la repetición de los rasgos de carácter y de las características físicas de los miembros de la familia. Estas estrategias producen la apariencia de que el tiempo no pasa. Una apariencia muy conveniente para lograr el contraste: el paso del tiempo irrumpe como algo que se constata con sorpresa en hechos que pensamos que nunca ocurrirían, los plazos que no se cumplen porque la vida termina antes. 

El tiempo pasa en la fortaleza invencible de las mujeres que sostienen la familia, el pueblo mismo: Úrsula Iguarán, Pilar Ternera y Petra Cotes que no son inmortales ni invulnerables pero resisten todos los embates de la vida y sostienen sus deseos o sus compromisos a pesar de todo. Sus vidas y sus muertes rebasan el centenario, Úrsula conserva la memoria pero la confunde creando un presente permanente, Pilar Ternera se asoma a la posibilidad de prever el futuro con los naipes hasta el final, Petra Cotes cumple los compromisos de Aureliano Segundo hasta la muerte de Fernanda y satisface en ello sus últimas pasiones. 

El Coronel Aureliano Buendía vivió de premonición en premonición, hasta que perdió el don y se refugió en el hábito de hacer para deshacer. Con los personajes memoriosos contrastan los personajes atolondrados o desmemoriados y con todos ellos la presencia ruidosa y permanente de los muertos de los cuales el más visible es José Arcadio Buendía, sentado para siempre bajo el almendro del patio. 

El paso del tiempo son las épocas de, hay varias y Gabo las usa para marcar la simultaneidad de los acontecimientos y lo que estos significan para cada personaje. La llegada de la compañía bananera marca una época y el comienzo del ocaso de Macondo, cada personaje lo percibe según se atraviesa en sus planes y sus deseos: Meme y Mauricio Babilonia. Los Gitanos y Jose Arcadio Buendía con sus empresas delirantes. Las parrandas de Aureliano Segundo también marcan una época. 

La casa de Úrsula y sus permanentes renovaciones, su resistencia a los embates de todas la fuerzas de la naturaleza, a las obsesiones de sus habitantes: la casa permanece y se modifica, permanece modificándose. De Macondo conocemos su creación, su existencia y su final, pero tendemos a olvidar su carácter temporal, su contingencia irrenunciable, pero cómo no olvidarla si allí no pasa nada. El relato nos sumerge en esa ilusión de eternidad varias veces y varias veces nos vuelve a sacar de ella. 

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El tiempo, su transcurso, la ilusión de su estancamiento, se intercala con la violencia cíclica de las guerras, la desaparición de la masacre de las bananeras de la historia oficial y la persistencia de la memoria de la masacre en José Arcadio Segundo y en Aureliano Babilonia. El tiempo y lo que ocurre está siempre en disputa, es político

García Márquez no usa en esta obra la palabra historia, en el sentido de la disciplina historia o de la sucesión de épocas y períodos. Gabo sólo habla de historia en el sentido de narración o cuento. Esto es interesante porque las cuestiones políticas no se plantean en la perspectiva de La Historia con mayúscula, no hay Historia del país ni de la Provincia, ni de Macondo.

 Las Guerras que se continúan unas a otras y sus consecuencias se ven desde la perspectiva del Coronel Aureliano Buendía. La suya es una perspectiva paradójicamente emocional. Tanto así que el conflicto entre liberales y conservadores es un cauce para que su orgullo se manifieste, es la única forma de expresión posible para el Coronel que llega al punto en que nadie despierta en él afectos de ninguna clase. Así es la soledad del Coronel Aureliano Buendía.  

Sin embargo, García Márquez despliega una lúcida comprensión de la política y de sus procesos, sus conflictos, sus usos y costumbres que se articula de manera natural con el drama de estas vidas. Lo virtuoso de esa articulación es que las observaciones políticas, por generales que parezcan, surgen en la voz que narra como expresión de las emociones de los personajes. 

En contraste con los conflictos, García Márquez muestra cómo la vida del pueblo siempre fluye mejor cuando las instituciones intervienen lo menos posible en la vida cotidiana de los habitantes de Macondo. Notemos que todos los curas que llegan a Macondo terminan integrándose en su ritmo aunque hayan venido a imponer el suyo. Las instituciones son algo lejano, artificial, hipócrita. En el mejor de los casos son un formalismo vacío y en el peor de ellos un instrumento de una violencia arbitraria. 

De una forma similar aparecen los gringos, con todo lo que implican: la compañía bananera, su régimen de plantación, su clasismo y su racismo, su aislamiento de la vida real, su impacto sobre la economía y sobre la vida cotidiana de la aldea: cada fenómeno tiene un rostro y un gesto. Como lo tienen fenómenos migratorios y de mestizaje: los ires y venires de los gitanos, la llegada de los árabes, el asentamiento de los antillanos. No olvidemos la estruendosa llegada de las damas francesas.

Hay una tensión entre lo propio y lo ajeno. Mientras que todas las figuras extranjeras tienen alguna manera de integrarse con Macondo, sólo un tipo humano permanece del todo ajeno: los cachacos. Lo propio es el litoral Caribe, lo ajeno son las costumbres de los habitantes de la ciudad gris de la montaña donde Fernanda del Carpio aprendió a hablar sin llamar las cosas por su nombre, de donde llegan los abogados siempre vestidos de negro. Melquíades es un extranjero, El sabio Catalán también, para ellos Macondo es un reposo en medio de su errancia. Los gringos, como el señor Brown son eso, gringos

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Esta relectura me hizo notar algo por primera vez, no entiendo cómo pude tardar tanto en notar algo que me pareció esta vez tan evidente: lo mucho que hay en común entre Cien años de soledad y El amor en los tiempos en los tiempos del cólera en un tema: el amor. Insistir tanto en lo del realismo mágico lo distrae a uno de lo importante: Gabo siempre está hablando de amor. 

Es como si en Cien años García Marquez solamente hubiese dejado asomar felicidad de los amantes en los encuentros de parejas que se juntan por pasiones tormentosas, invencibles. Casi todas esas historias culminan en tragedia o en desencuentro, en dolor. Las parejas bien avenidas o serenas son excepcionales y no menos fugaces. El amor está ligado íntimamente a la soledad. 

El amor no se distingue de la pasión y las experiencias físicas, que se manifiestan principalmente como anhelos de un encuentro que, sin embargo, rara vez llega. El deseo devuelve al amante a su más rotunda soledad. La soledad nunca se resuelve, se mitiga con formas de desahogo, que se encadenan con nuevas soledades y con otras formas de encuentro y de lealtad. Las amantes secretas e imprescindibles, las prostitutas leales, la vida de los burdeles. 

La versión masculina de las cosas ocupa la mayor parte del espacio en estos temas, pero son pocos los varones idealizados, si existen. Hay un término que García Márquez usa para igualar a todos los humanos, insiste varias veces en el mismo término para la condición común de los seres apasionados: desamparo. Con el desamparo contrastan las artes amatorias que algunos personajes logran dominar, enseñar, aprender, un universo variado y sofisticado que no garantiza en modo alguno la invulnerabilidad del amante. El amor es la más profunda vulnerabilidad, la más clara experiencia de la soledad.

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Termino con una evocación, una insinuación que no puedo probar – y no debería. Creo que Cien años de soledad  es una Monadología. No pude evitar pensar varias veces en la Monadología de Leibniz, la estirpe solitaria de García Márquez es un conjunto de mónadas leibnizianas sin puertas ni ventanas que no se comunican, no se afectan unos a otras, pero que se conducen según una armonía preestablecida, que casi ninguno comprende pero que es comprensible, en este caso, descifrable, gracias a los manuscritos de Melquíades y a una Mónada mayor: Gabo.   



2 respuestas a «Que sea un motivo: una relectura de «Cien años de soledad.».»

  1. […] «antes de que los personajes se queden con el rostro de los actores», como escribió en sus notas maravillosas sobre la relectura). Juan Fernando en realidad hizo una especie de «reseña» anterior a ver la serie, algo único y […]

  2. Hola, querido Juan Fernando. Me encantó este post sobre tu relectura de Cien años. Me hizo pensar muchas cosas – algunas las comenté con Margarita Malagón, con quien hablamos hoy. Terminé escribiendo este otro post, sobre la serie esta vez: https://atsmi.wordpress.com/2025/01/07/tiempos-condensados-medios-entrelazados/

    ¡Feliz 2025! Que sea un año muy bueno para ustedes. Y que disfruten mucho viendo la serie, contrastando con lo que acabas de releer. Creo que estás supremamente bien preparado para ver la serie y sacar lo mejor posible.

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